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Su ordenado estudio en el barrio de Mixcoac es taller de grabado, pintura, escultura en metal y en madera. Tiene la compañía del canto de un enorme gallo azul y rojo.

AUTODIDACTA
Primero estudié diseño gráfico y me fui a vivir sólo muy joven. La verdad me dio miedo estudiar pintura por la dificultad de vivir. Luego me di cuenta de que el diseño no era lo mío y que tampoco era tan fácil vivir de eso. Entonces decidí dejarlo completamente y puse un taller de carpintería. Me acerqué a pintores más hechos y empecé a resolver cosas como bastidores, el telar, preparar las telas. Me metí a la ENAP (Escuela Nacional de Artes Plásticas), no como alumno pero si a clases de dibujo y fui a talleres donde conocí a los que ahora son mi generación. Me formé entre personas que hacían este trabajo. Eso me hizo aprender el oficio desde otro punto.

CONOCER EL LENGUAJE DE LOS MATERIALES
Desde chico he sido un constructor nato. Me gusta mucho armar, construir, y la repetición de las cosas que generan una forma. Mi intención por la búsqueda y la experimentación es algo que tengo desde siempre. Al meterme en este mundo de la pintura y la escultura fue buenísimo aprender las diferentes técnicas de cada persona, que te abren o te cierran puertas, porque no te interesa o porque no encuentras o descubres. Ha sido un proceso en el que mi trabajo ha ido evolucionando naturalmente.

LA VOLUNTAD DE CREAR
Por un lado la voluntad de construir que seguía latente y que lo es desde el principio. Me encargaban 30 bastidores de 1.80 por 1.20, entonces quedaban muchos pedacitos de madera. Con eso fabricaba muchos bastidorcitos de ese tamaño para hacer una pieza y era un poco como reutilizar. A mí me gusta mucho reciclar las cosas, y eso es en sí mismo un motivo. Tener materiales que transformar ya es un motivo. Esa voluntad de construir y pintar al mismo tiempo es una búsqueda propia. Lo más difícil en este oficio es encontrar la autoría, encontrar algo que te hace particular de los demás.

LA SENSACIÓN DE CREAR
Me nutre mucho, me da paz, soy feliz. No sé si sea para comunicarme, pero siento que pertenezco a mi época, y que eso me permite tener un criterio propio de lo que me tocó vivir.

LA CONTINUIDAD DE LA OBRA
De alguna manera toda la obra se pertenece, tiene una continuidad. El hecho de salirme del cuadro y ponerme a hacer sólo escultura es algo que necesito hacer, porque la pintura, así en esta forma, ya no me estaba dando lo que estoy buscando. El cuerpo de obra es todo un discurso. A veces las piezas empiezan en un grabado, y luego hago un cuadro de eso y termino haciendo una escultura porque ese fue el proceso natural.

TIEMPO PARA CREAR
El problema es la velocidad con la que los artistas quieren llegar al éxito, que no se dan el tiempo de aprender, de hacer la escuela, y la escuela no necesariamente es dentro de la institución. Ha sido un complicado porque, a veces, no saben hacer algo bien o no tienen gusto. También por otro lado las nuevas tecnologías. Es más fácil o más contemporáneo hacer una cosa en un plotter y retocarla, en vez de aprender a preparar una tela; o esto de los polímeros que son sensibles y un dibujo ahora lo pasas a la placa y ya no lo dibujas. Hay muchas cosas que están haciendo que los oficios o que las formas tradicionales de trabajar –que son hermosísimas- vayan dejando de usarse.

EL SILENCIO DE LA ABSTRACCIÓN Y EL SILENCIO DE LA POESÍA
No había hecho esto de tomar un poema o una frase de un poema y tratar de trabajar a partir de eso. En realidad siento que la pintura tiene su propia poesía. Elegí el Nocturno en que nada se oye de Xavier Villaurrutia y seleccioné cuatro líneas del poema que traté de dividir en cuatro cuerpos, dentro de una pieza. A mí el poema me comunica una soledad avasalladora y estas ganas de decir, sobre la voz. Entonces, quise hacer un ambiente de soledad en una pieza con fuerza. Un cuadro abstracto también tiene sus códigos, tiene sus personajes, su primer plano, aquí intenté que no hubiera un personaje.






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